miércoles, 3 de octubre de 2012

De fábula


La Liebre y la Tortuga
Los animales estaban de fiesta. Era el centenario de la creación del pueblo y las celebraciones en honor a Anónimo, creador de todo lo que ellos conocían, se hacían presentes en cada rincón del bosque.
A pesar de ello, la gente no olvidaba la tragedia acontecida hacía unas semanas, cuando después de que Gepetovsky circuncidara a Pinocho con un sacapuntas, la comunidad de estos personajes fantásticos sufriera una dolorosa pérdida; Campanita había fallecido atravesada, cuando quién sabe por qué decidió sentarse en la nariz del reconocido muñeco al grito de “miénteme, Pinocho, miénteme”.
Sin embargo, la Liebre –y la nombramos de esta forma porque curiosamente era la única de todo el reino; de otra manera, la famosa leyenda que a continuación será narrada se llamaría “Una liebre y una tortuga”, pero mejor darles entidad y titular a la historia “La liebre y la tortuga”-. Mejor retomar el relato; evidentemente, la extensa explicación anterior pudo haber significado una pérdida en el hilo del relato.
            Sin embargo, la Libre estaba empecinada en procurar que todos olvidaran lo acontecido; al parecer tenía una especie de entongue con Pinocho, con quien pensaban poner un videoclub en el bosque, y no le convenía que fuera condenado –paradójicamente- a la hoguera. De esta forma, decidió llamar la atención de todos los habitantes, convocando a la Tortuga a una carrera por el pinar.
            Por supuesto que la Tortuga, ni lenta ni perezosa, accedió a competir; sobre todo después del ostentoso premio: una patineta que le ayudaría a desmentir eso de que las tortugas se vuelven pedantes arriba de ellas. Y sin perder tiempo, se dirigió al pinar donde la Liebre la esperaba con ansias.
            El espectáculo fue digno de ser televisado, pero como no existían esos electrodomésticos, no pudo ser posible. Desde un principio, la Liebre adelantó considerablemente a su rival y decidió echarse a un costado del camino, a dormir un rato.
            Lo que no estaba en sus planes –aquí hacemos un guiño al lector, que sabe el trasfondo del hecho: la intención de liberar a Pinocho-, era que no recordaba haber dormido en un lugar tan cómodo, por lo que cuando despertó, ya fue demasiado tarde y la Tortuga había cruzado la meta. Desde el público, el Diego le gritaba “se te escapó la Tortuga” –verdadero origen de la frase-, pero a la Liebre poco le importaba.
            Feliz de haber logrado su cometido, liberó a Pinocho –cómo lo hizo ya es parte de otra historia- y juntos pusieron el videoclub anhelado. Evidentemente se fundieron, ya que como se dijo, en el bosque no había televisores.

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